miércoles, 26 de julio de 2017

Poema del día: "El cazador negro", de Victor Hugo (Francia, 1802-1885)

   El bosque está negro, —¿Quién va?
   Los cuervos vuelan en bandadas,
                        amenaza lluvia.
   —Soy aquel que viaja en la sombra,
           ¡el Cazador Negro!

Las hojas que el viento sacude
            silban... se diría
que un aquelarre con sus gritos
            resuena en el bosque;
en un claro de entre las nubes
            la luna aparece.

   Caza al gamo, caza a la cierva,
   corre en el bosque y por el yermo,
                        llega la tarde.
Caza a Austria, caza al zar,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   Sopla el cuerno, ata la polaina,
   caza al ciervo que está pastando
                        junto a la casa.
   Caza al rey, caza al sacerdote,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   Truena, llueve; he aquí el diluvio.
   El zorro escapa, no hay refugio
                        ¡y no hay esperanza!

   Caza al espía, caza al juez,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   Los demonios de San Antonio
   saltan y brincan en la avena
                        sin que tú te alteres;
   caza al abate, caza al monje,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   ¡Caza al oso!, tus perros ladran.
   ¡Que no se escape ni un jabalí!
                        ¡Ése es tu deber!
   Caza a César y caza al papa,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   El lobo sale del camino.
   ¡Que tras él vaya tu jauría!
                        ¡Hazle caer, corre!
   Caza al bandido Bonaparte,
                        ¡oh Cazador Negro!

   Las hojas del bosque se mueven,
                        caen... Se diría
   que el aquelarre y sus aullidos
                        huyeron del bosque;
   cantando el gallo abre las nubes,
                        ¡el alba aparece!

   Recobran su forma las cosas,
   vuelves a ser la altiva Francia
                        con tu bella estampa,
   ángel blanco de luz vestido,
                        ¡oh Cazador Negro!

   Las hojas del bosque se mueven,
                        caen... Se diría
   que el aquelarre y sus aullidos
                        huyeron del bosque;
   cantando el gallo abre las nubes,
                        ¡el alba aparece!

                                            Jersey, septiembre de 1853

Victor Hugo, incluido en Antología de la poesía romántica francesa (Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, ed. de Rosa de Diego, trad. de Pilar Andrade).

Otros poemas de Victor Hugo
A Alberto DureroEscrito en el cristal de una ventana flamencaStella

martes, 25 de julio de 2017

Poema del día: "Romanticismo", de Adam Mickiewicz (Polonia, 1798-1855)

                                                        Methinks, I see... where?
                                                        -In my mind's eyes.
                                                                             Shakespeare

¡Escucha, muchacha!
—Ella no atiende—.
¡El día es luminoso! ¡Éste es tu pueblo!
No hay espíritu alguno junto a ti.
¿Qué intentas atrapar?
¿A quién estás llamando? ¿A quién saludas?
-Ella no atiende-.

Es como una roca muerta
de ojos inertes
que de pronto dispara miradas a su alrededor
o se cubre de lágrimas.
Aparentemente se aferra a algo, lo retiene,
rompe a llorar, se ríe.

«¿Eres tú, que vienes en la noche? ¿Eres tú, Jasieńko*?
¡Oh! ¡Me ama aún después de muerto!
Ven aquí, aquí, muy despacio,
que la madrastra escucha.

¡Pues que escuche, que tú ya no estás!
¡Tu entierro ya pasó!
¿Es que has muerto? ¡Ay! ¡Tengo miedo!
¿Por qué temo a mi Jasieńko?
¡Sí, eres tú! ¡Es tu rostro, son tus ojos!
¡Es tu blanco ropaje!

¡Tú mismo eres tan blanco como un lienzo!
¡Y estás frío, y qué frías tus manos!
¡Túmbate aquí, descansa en mi regazo!
¡Abrázame! ¡Tus labios en mis labios!

¡Qué frío debe hacer en la tumba!
Moriste ¡y de eso ha ya dos años!
Tú llévame contigo, que moriré a tu lado,
no me gusta este mundo.

Me siento mal en medio de esta malvada muchedumbre.
Lloro, mas se burlan de mí;
hablo, aunque nadie me entiende;
veo, pero ellos nada ven.

Ven a la luz del día... ¡O quizá durante el sueño!
¡No, no...! Te cojo de la mano.
¿A dónde te escapas, Jasieńko?
¡Es pronto aún, es pronto!

¡Dios mío! Canta el gallo,
la aurora ya despunta en la ventana.
¿Dónde fuiste? ¡Jasieńko!
¡Qué infeliz soy!»

De esta manera hablaba la muchacha a su amado;
corre tras él, vocea, se desploma:
al grito de dolor, tras la caída,
la muchedumbre se congrega.

«¡Rezad! —el pueblo grita—.
Aquí ha de estar su alma
pues Jasio debe estar junto a Karusia.
¡Cuánto la amaba en vida!
Yo lo oigo, lo creo,
y lloro y rezo.»

«¡Escucha, muchacha!» —un anciano vocea
entre la muchedumbre y al pueblo se dirige:
«Confiad en mi ojo y en mi lente:
yo aquí nada veo.

Los fantasmas los inventa el pueblo en la taberna;
son imaginaciones que idean en la fragua.
La muchacha delira
y el pueblo a la razón ofende.»

«La muchacha siente —le respondo—
y el pueblo cree profundamente.»
El sentimiento y la fe me hablan con más fuerza
que el ojo y la lupa de un sabio.

«Conoces verdades muertas, desconocidas para el pueblo;
ves el mundo a través de una nube de polvo,
en cada fulgor de las estrellas.
Ignoras las verdades vivas, no verás el milagro.
¡Ten corazón! ¡Mira en tu corazón!»

* Jasieńko y Jasio son diminutivos de Jan y Karusia de Karolina.

Adam Mickiewicz, incluido en Antología de la poesía polaca desde sus orígenes hasta la Primera Guerra Mundial (Editorial Gredos, Madrid, 2006, ed. y trad. de Fernando Presa González).

lunes, 24 de julio de 2017

Poema del día: "Carta única", de Reynaldo Naranjo (Perú, 1936)

Madre Adriana, buenos días.
Es Abril. En Grecia primavera
y en el Perú, tal vez.
Sólo miro el suelo de la carceleta
y en él mis viejas islas y mis mares,
pero alzo la mirada
y el encanto se rompe
contra el muro
idéntico a una ola.
Aquí no madre Adriana, no Euterpe, no Ismene.
Sólo Andreas.

Mustio mi corazón, la peña tiñe todo
y su color se extiende
como una mano
que va palideciendo
los lugares que toca.

A quién decir ya nada
si más que el mar
este idioma separa.
A quién que enseñe a Andreas
a partir.
De este dolor a Grecia,
de esta ventana a Grecia,
¿quién podría enseñarme a navegar?

Reynaldo Naranjo en Los encuentros (1964), incluido en Antología de la poesía peruana  (Ediciones Nuevo Mundo, Lima 1965, selec. de Alberto Escolar).

domingo, 23 de julio de 2017

Poema del día: "Canción de los indios pawnees", anónimo (Estados Unidos, s.a.)

Mira cómo suben, cómo suben
sobre la línea donde el cielo se junta con la tierra:
¡Las Pléyades!
¡Ah! Ascendiendo, vienen para guiarnos,
para irnos cuidando, que seamos uno;
Pléyades,
Enseñadnos a estar, como vosotras, unidos.

Anónimo, incluido en Antología de la poesía norteamericana (Fundación editorial El perro y la rana, Venezuela, 2007, selec. de Ernesto Cardenal, trad. de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal).

sábado, 22 de julio de 2017

Poema del día: "La primavera es fugaz...", de Akiko Yosano (Japón, 1878-1942)

La primavera es fugaz.
¿Qué me importa una vida inmortal?
Toqué
con las manos
mis senos abundantes.

Akiko Yosano, incluido en Antología de la poesía moderna del Japón (1868-1945) (UNAM, México, 2010, selec. y trad. de Atsuko Tanabe).

Otros poemas de Akiko Yosano
Sin conocer la sangre ardiente...

viernes, 21 de julio de 2017

Poema del día: "Canción de la golondrina", anónimo (Grecia, siglo VI aec)

Llegó, llegó la golondrina,
que nos trae bellos tiempos
y nos trae bellos años,
por el vientre blanca,
y por el lomo negra.
Tarta de fruta tú saca
de tu casa tan rica,
y un vasillo de vino
y un cestillo de queso.
Tampoco el pan de trigo
y el de yema de huevo
la golondrina rechaza. ¿Nos vamos o lo tomamos?
A ver si das algo. Si no, no lo consentiremos.
Nos llevaremos la puerta o el dintel,
o a tu mujer que está sentada dentro.
Chica es, bien nos la llevaremos.
Bueno, si traes algo, tráelo grande.
Abre, abre la puerta a la golondrina.
Que no somos viejos, sólo chiquillos.

Anónimo, incluido en Antología de la poesía lírica griega (siglos VII-IV aec) (Alianza Editorial, Madrid, 2001, selec. y trad. de Carlos García Gual).

jueves, 20 de julio de 2017

Poema del día: "Yo agarro la suerte y la muerte...", de Pablo de Rokha (Chile, 1894-1968)

Yo agarro la suerte y la muerte,
así, por la palabra, por la maquinaria ruidosa de la palabra, las hago canciones sin tiempo.
Y voy arando de inmortalidad el día grandioso.

Mi carne es guitarra, mi sangre es tonada y mis huesos son cantos parados.
Percibo el devenir mundial como imagen, sólo como imagen,
siento, pienso y expreso en imágenes irremediables
la lógica matemática de los fenómenos de los fenómenos;
y mi condición estéticodinámica crea el universo
a la manera formidable de los espejos despedazados.

Hombres y máquinas y hombres
viven y mueren en mis poemas acumulados
la forma tremenda del sueño.
Soy gesto, soy violencia, soy mundo elocuente;
además, no tengo sentido conceptual,
o ando disperso y movible por adentro de la belleza acuartelada,
lo mismo que el pensamiento en las arterias,
y también como Dios, sí, como Dios en el alarido del hombre sublime;
sin embargo, me veo viéndome
con la mirada espectacular del análisis.

Palomas de cemento,
se me caen del traje rodante las epopeyas.

No conozco, digo,
no defino, nombro,
agrando la naturaleza;
expreso;
detrás, allá detrás de mi corazón, aúlla la nebulosa.

Pablo de Rokha en U (1927), incluido en Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia (1916-1935) (Ediciones Hiperión, Madrid, 2003, ed. de Mihai G. Grünfeld).